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El ritual de ir al cine como acto de fe

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Antes de entrar, ya estamos dentro
Ir al cine empieza mucho antes de que se apaguen las luces. Empieza en casa, casi sin darnos cuenta. Empieza cuando alguien dice hoy podríamos ir al cine y esa frase ya cambia el aire de la tarde. Se miran horarios, se comparan carteles, se recuerdan actores, se negocia con calma. No es una discusión, es un pequeño acuerdo al que se llega.

Elegir una película no es solo elegir una historia, es elegir un estado de ánimo. A veces queremos reírnos porque la semana ha sido larga. Otras veces queremos llorar un poco. Y otras simplemente queremos dejarnos llevar, sentarnos en la oscuridad, desaparecer un rato del mundo real y que alguien nos cuente algo con principio y final.

Luego viene el camino hasta el cine. Un trayecto que conocemos de memoria pero que se vuelve distinto porque tiene un destino especial. El cine siempre ha sido un lugar aparte. Da igual si está en una sala antigua con carteles pintados o en un edificio moderno lleno de luces. Cruzar la puerta es dejar fuera el ruido del día, el reloj y las preocupaciones.

El olor de las palomitas en la puerta del cine o en el centro comercial nos indica que estamos llegando a nuestro momento de desconexión. Comprar la entrada es un gesto sencillo y casi solemne. Pagamos sin saber exactamente qué vamos a recibir. Puede que la película sea buena o regular. Pero aun así confiamos.

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Cuando se apagan las luces
Sentarse en la butaca es como acomodarse en un lugar conocido. Cada uno se coloca como quiere y puede, se quitan los abrigos, se apoyan los refrescos, se estiran las piernas y se sujetan las palomitas.

Cuando se apagan las luces ocurre algo especial. El murmullo se apaga, los móviles desaparecen y el mundo exterior se hace pequeño. Ese silencio no es incómodo. Es un silencio lleno. Un silencio que dice ahora toca mirar y escuchar. En casa siempre hay distracciones. El timbre, la cocina, el teléfono. En el cine no. Aquí la pantalla manda y nosotros aceptamos encantados.

Durante ese rato respiramos juntos. Nos reímos al mismo tiempo, nos removemos en la butaca en las escenas tensas, alguien carraspea cuando la emoción aprieta. Aunque no nos conozcamos, compartimos algo muy raro hoy en día. Atención.

El cine es uno de los pocos lugares donde todavía se guarda silencio por respeto. Respeto a la historia y a los demás. Y en ese silencio nace una pequeña comunidad. No hace falta hablar. Basta con estar ahí, creyendo todos en lo mismo durante un par de horas.

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Creer para ver
Creemos en amores que duran toda la vida, en casualidades imposibles, en finales que llegan justo a tiempo. No porque seamos ingenuos, sino porque necesitamos creer en algo bien contado. El cine no nos engaña. Nos propone un juego y nosotros entramos.

Este gesto no es nuevo. Antes se contaban historias alrededor del fuego, en las plazas, en los teatros. Hoy lo hacemos sentados en una butaca, mirando una pantalla enorme. Pero el fondo es lo mismo. Alguien cuenta y otros escuchan.

En las películas también nos miramos a nosotros mismos. Vemos nuestros miedos, nuestras ganas de cambiar, nuestras dudas. A veces salimos más animados. Otras más pensativos. Pero casi siempre salimos distintos.

La salida al mundo
Cuando se encienden las luces, nadie se levanta de golpe. Hay un momento extraño, como de despertar. La gente parpadea, se estira, recoge sus cosas. Se oyen comentarios bajitos, risas pero también aparecen los silencios.

Salir del cine es volver al mundo con algo nuevo dentro. Las calles siguen igual, los coches pasan, la vida continúa. Pero una escena se queda en nuestros pensamientos, una frase se repite, una emoción acompaña.

Ahí está el verdadero valor de ir al cine. La película termina, pero su eco sigue. Nos acompaña un rato más, a veces todo el día o varios.

Mientras haya una pantalla encendida y alguien dispuesto a sentarse en silencio, el cine seguirá siendo un pequeño refugio.

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